sábado, 14 de julio de 2012

RECUERDOS DE UNA NIÑA EN UNA GUERRA

Durante la guerra civil española, el pueblo natal de mis padres, Guadix, “cayó” en zona roja, está situado en la falda norte de Sierra Nevada, provincia de Granada, rodeado de montañas, lugar muy pintoresco y encantador. Pero por muy pintoresco y encantador que fuera el pueblo, la guerra comenzó el mismo día que en el resto de España.
Pasaron esos años con penurias y calamidades, al igual que otros muchos españoles, casi todos supongo.

Mi madre al inicio de la guerra contaba con 10 años de edad, 13 cuando finalizó, en esos tres años fue testigo de crímenes, violencia y atrocidades más allá de la lógica racional, todo ello visto, claro está, desde sus ojos de niña.

Nada dura eternamente, la guerra llegó a su fin, motivo ello de inmensa celebración, no por especial afinidad con el bando vencedor sino por propia afinidad con el  fin del conflicto.

Llegado este momento, muchas familias, que habían “caído” en bandos distintos, pudieron volver a reunirse, tras años sin noticias los unos de los otros, sin ni tan siquiera saber si estaban vivos o muertos. Otras familias, claro está, no tuvieron tanta “suerte”.

La historia a la que me voy a referir ocurrió cuando el tío Diego, hermano de mi abuela materna, Mariana, llegó al pueblo, el había estado en el “otro lado”.

Tras los abrazos y saludos iniciales llenos de emoción, vinieron las primeras preguntas apresuradas, tras esto mi abuela cogió a su hermano y lo sentó a su lado, venía ahora el momento de hablar con más tranquilidad.

Mi madre y sus dos hermanos pequeños se sentaron alrededor, querían escuchar como habían transcurrido esos años en el bando de los “vencedores”.

En su imaginación, la guerra en el otro lado no podía haber sido tan terrible, seguros de que allí habían podido incluso “comer pan blanco”.

El tío Diego era un hombre parco en palabras, mi abuela una gran narradora, así pues fue ella quien empezó a relatar los destrozos y barbaridades que habían ocurrido en el pueblo, su hermano la miraba en silencio con su sempiterno cigarrillo entre los dedos, lo único que decía, asintiendo tras cada una de las explicaciones de mi abuela, fue “allí también”.

Mi madre, muchos años después, recordaba perfectamente el desconcierto que le provocaron esas sencillas dos palabras y como comprendió en aquel momento lo que parecía incomprensible, que se hicieron las mismas atrocidades en los dos bandos.

El tío Diego salió a dar un paseo por el pueblo, volvió en pocos minutos, no reconocía, entre las ruinas, el pueblo de su infancia y juventud, no quiso volver a salir a la calle, permaneció recluido en la casa, hasta que días después se marchó, con la alegría del reencuentro y una honda pena en el corazón.

2 comentarios :

  1. Bonita historia y cruda realidad a la vez. Gracias por compartirlo con nosotros, te expresas de una manera increíble. Besos y feliz semana.
    Carmen
    http://huevoypelao.blogspot.com.es

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    1. Este episodio me lo contó mi madre muchas veces, yo solo lo he intentado reflejar lo más fiel posible a su recuerdo.
      Un saludo

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